Bella y desconocida Eslovenia

No se lo digáis a nadie, pero Eslovenia es una pequeña joya por descubrir. Tiene una capital encantadora, bellos pueblitos medievales, castillos y cuevas, montañas alpinas e incluso un poquito de costa. Es verde, desmesuradamente verde, como una Asturias balcánica. Y no es que no haya turismo, claro. Pero es de esos lugares que temes ver invadido y desbordado por visitantes veraniegos dentro de una década. Así que disfrutad de nuestro relato, y… ¡no vayáis nunca!

Liubliana y las Cuevas de Škocjan

La India, cuyas grandes urbes superan los 10 millones de caóticas almas, fue nuestro anterior destino. Así que Liubliana, la capital de Eslovenia, tenía que ser un contraste formidable. No solo porque tenga una población más similar a la de Granada, sino porque puede presumir de todo aquello que tanto echamos de menos en las grandes urbes asiáticas. Es tan recogida (y llana) que se puede recorrer cómodamente a pie o en bici. De hecho, está llena de lugares agradables para pasear, peatonales o casi, tranquilos y arbolados. Y está limpia, muy limpia.

Toda la ribera del río, por ejemplo, es un placer, con sus sauces llorones y su escalinata para sentarse, con sus terrazas y sus músicos callejeros. El castillo que domina el casco antiguo apenas ofrece una postal adecuada, por la abundante vegetación que lo rodea. A cambio, claro, la caminata hasta arriba es deliciosa.

Liubliana

El día que abandonamos Liubliana prometía lluvias intensas (que se cumplieron). Así que decidimos resguardarnos en una de las maravillas subterráneas de Eslovenia: las Cuevas de Škocjan. Fue el momento de mayor masificación turística que vivimos (no debimos de ser los únicos que pensaron lo de la lluvia), pero mereció la pena: pudimos quedarnos mudos atravesando la mayor garganta subterránea de Europa. El mismísimo Gimli hijo de Gloin no habría quedado menos impresionado.

Bled y Bohinj

El capítulo verde de nuestro viaje fue, quizás (tampoco es de extrañar), el que más nos gustó. Eslovenia es hogar de un modesto trocito de los Alpes (Julianos los llamó César, no tan modesto), y allí se concentran muchos de sus más bellos paisajes. El lugar predilecto de los eslovenos en su Parque Nacional es el Lago Bled: no muy grande, con una pequeña iglesia en una isla también diminuta, y un castillo sobre el abrupto acantilado al borde mismo del lago. Como se ha escrito, Bled “parece diseñado por el mismísimo dios del turismo”.

Lago Bled

No sé por qué arrebato de inspiración, acabamos alojándonos en el otro lago, el Bohinj. No muy lejos de Bled, pero más apartado de la civilización, es más grande y mucho menos turístico. Y, a nuestro modo de ver, mucho más bonito: apenas se ve una sola construcción en toda la orilla, solo vegetación.

Lago Bohinj

Por lo demás, hicimos lo propio en este tipo de lugares: caminatas por gargantas y cascadas, jornadas de senderismo, baños en el agua helada del lago. Nos llevamos la sorpresa de vislumbrar el Adriático desde uno de los picos de la zona. Y pudimos contemplar el Triglav, cumbre más alta del país y emblema nacional, desde la lejanía.

Monte Triglav

Y todo esto, para mayor bucolismo, durmiendo en uno de esos alojamientos encantadores que sabes que no podrás olvidar, aunque lo intentes.

Garden ECO House

Paso de Vršič y el Valle del Soča

Quienes disfruten de conducir por carreteras de montaña podrán entender que una de nuestras mejores jornadas en este viaje fuera una de muchos kilómetros al volante. Para cruzar al Valle del Soča, a muy pocos kilómetros en línea recta de Bohinj, tuvimos que dar un inmenso rodeo y cruzar el Paso de Vršič. La carretera de montaña es endiablada, con 50 curvas de 180 grados (están numeradas), y el paso en sí está a 1600 metros sobre el nivel del mar. La llaman allí Ruska cesta, la carretera rusa, porque la abrieron prisioneros rusos durante la Primera Guerra Mundial. El paisaje es impresionante, y conducirla una bella experiencia.

Cerca del Paso de Vrsic

Al otro lado nos esperaba el Soča, muy valorado por los amantes de los deportes de río, y que tiene un color turquesa que parece un exceso de Photoshop, pero que prometemos que es real. De hecho, pudimos comprobarlo incluso en su nacimiento, al que María, milagrosamente, consiguió llegar semi-escalando con todo su equipo fotográfico a cuestas.

Río Soca

Además de la belleza de sus parajes naturales, este valle conserva vestigios de su importancia durante la Primera Guerra Mundial, incluidos restos de trincheras y un enorme mausoleo por los caídos italianos, construido por Mussolini en Kobarid. También nos llevamos algunos de los mejores recuerdos gastronómicos del viaje, casi todos con el queso como protagonista.

Últimos días

Nuestra despedida de Eslovenia sería en la costa, cerca de la frontera italiana, a donde debíamos volver para tomar el vuelo a casa. (También estuvimos en Venecia en este viaje, así como de paso. Pero no me cabe todo en este post…) Pero, antes de llegar allí, pudimos demorarnos un par de días en una zona poco turística del país, el Valle del Krka, al sudeste de la capital.

Castillo de Otocec

¿Y cómo acaba uno en un sitio tan improbable? Gracias a nuestra encantadora y excéntrica coachsurfer, claro, a la que contactamos para dormir en Liubliana, y que al final resultó vivir en un lugar algo más apartado… Descartada su hospitalidad para alojarnos en la capital, decidimos, sin embargo, visitarla más tarde en su casa, que resultó estar sobre una colina a las afueras de un pueblo diminuto. Es decir, en mitad de ninguna parte. Allí disfrutamos de la compañía y de la peculiar visión de la vida (y de la gastronomía) de Sabina, inolvidable crudivegana.

Y, por fin, la costa. Si Croacia es famosa por sus playas, las de Eslovenia, por lo que hemos podido comprobar, dejan que desear. Lo más bonito es sin duda Piran, una pequeña ciudad portuaria con cierto encanto veneciano. Sospecho que es irresistible al atardecer (mira a poniente), aunque nosotros no pudimos disfrutarla a esa hora. Una lástima. Tendremos que volver…

Piran

Dado el modesto tamaño de Eslovenia (Andalucía es cuatro veces más grande), pudimos recorrer gran parte de sus encantos en pocos días. Y eso que llevamos el ritmo tranquilo, parsimonioso, que tienden a tener nuestros viajes últimamente. Nos volvemos con un gran sabor de boca, y con ganas de volver en el futuro y de seguir adentrándonos en los Balcanes, que apenas hemos pisado de refilón. Hasta la próxima, bella y desconocida Eslovenia…