Carta a nuestra familia nepalí

Queridos Dhruba y Menuka,

Apenas han pasado unos días desde que dejamos vuestro hogar, colina arriba y cargados con nuestros mochilones, para seguir nuestro viaje. Pero últimamente vivimos tantas cosas, cada día y cada momento son tan intensos, que parece que fuera hace una eternidad. Os escribo para daros un millón de gracias: por abrirnos las puertas de vuestra casa de par en par, por hacernos sentir como parte de vuestra familia, por habernos regalado una semana de esas que no se olvidan.

La pequeña y olvidada Changu Narayan, vuestra humilde aldea o pueblito, pasará desapercibida para casi cualquier turista que visite el Valle de Katmandú. Al fin y al cabo, no hay más que un modesto templo hindú, en un valle en el que parece que un buen día brotaron como setas en otoño. Templo que, además (qué falta de originalidad), fue duramente afectado por el terremoto de 2015, como muchos de los de vuestras hermanas mayores: las más célebres Bhaktapur, Patan, Katmandú-la-de-los-escombros-por-doquier… 🙁

Nuestro recuerdo, por supuesto, será distinto al de otros. Vuestra hospitalidad inmensa ha colocado Changu en nuestro mapa de Asia y de nuestro querido viaje. De nuevo, como nos suele pasar más con las personas que conocemos que con los lugares que visitamos, esperamos de corazón que nuestros caminos se vuelvan a cruzar en el futuro. Esperamos volver a veros y tomarnos juntos de nuevo un té con leche o un dal bhat. Pues la verdad es que hemos disfrutado como críos nuestros días con vosotros y vuestra familia.

María en Changu Narayan

Hemos disfrutado trabajando. Regando el huerto, con sus ordenadas hileras de tomates, de espinacas y coliflores, de cantidades desmesuradas de cilantro. Quitando las malas hierbas, una a una, concentrados en lo minucioso y mecánico, deleitándonos en lo más intrascendente, deslomados desde luego al cabo del rato (somos de ciudad, claro). Por supuesto, ha influido vuestro espíritu relajado, ese tempo de la gente de campo que hace cosas todo el rato pero nunca parece estresada (palabra urbana…), vuestra insistencia en que no trabajásemos nunca más de lo que nos apeteciese.

Hemos disfrutado también de incontables momentos de pura tranquilidad, paseando por el valle o por el pueblo, buscando el sol cuando empezaba a esconderse, sentados junto al templo mientras charlábamos del viaje o de la vida. Leyendo, escribiendo para el blog, haciendo o revelando fotos María, jugando al go. Aprovechando ese estado de paz y claridad mental que florecen en cierto entorno y ciertas circunstancias: estar de viaje, sin fecha de regreso, y además en el campo, al aire libre, relajados y felices. Así se piensa mejor, se hacen mejores fotos, se lee más a gusto, se paladea más cada momento.

María en Changu Narayan

Hemos disfrutado observando la vida rural nepalí. En sus extremos más elaborados: fue una suerte vivir vuestra festividad en honor a Vishnu, con su largo y enrevesado ritual de fuego y flores, fruta, arroz y mantequilla, largos versículos incomprendidos por nuestros occidentales oídos, puntos rojos en la frente. En sus extremos más elementales: la milenaria rutina de ir a por cántaros de agua a la fuente, cántaros que vuestras mujeres llevan con envidiable desenvoltura y que nosotros apenas podíamos acarrear sin morir en el intento (y, por supuesto, acabando hechos una sopa). En sus extremos más surrealistas: asimilar el hecho sorprendente de que los mismos que vivís tan tranquilamente sin agua corriente tenéis sin embargo Wi-Fi, teléfonos inteligentes o tabletas.

Menuka cocinando. Changu Narayan

Hemos disfrutado, aunque algunos puedan sorprenderse, de la comida. Del riquísimo dal bhat de Menuka, que coméis (concepto tan extraño a nuestros ojos o estómagos) invariablemente, día tras día durante todo el año, para almorzar y cenar, sin apenas variación ni alternativa. Es maravilloso salirse de las propias costumbres y prejuicios y adoptar por unos días las de otros: pasar una semana comiendo en el suelo y con la mano (derecha), a las 11 el almuerzo, a las 6 la cena, día y noche arroz y lentejas y coliflor con patatas. Os agradecemos, a la vez, haber alterado vuestras costumbres para organizar un pequeño festín aquella noche, y cocinar con nuestra ayuda unos elaborados y espectaculares momos, ese exquisito manjar tibetano, quizás los mejores que hemos comido en Nepal.

Familia musical. Changu Narayan

Y, por supuesto, hemos disfrutado de los muchos ratos con vosotros. Aprendiendo en la cocina con Menuka, observando, preguntando, echando una mano. Tomando un té, ese emblema de hospitalidad tan vuestro, mientras charlábamos sobre Nepal o vuestra vida o nuestro viaje, sentados al sol delante de la casa azul o verde. Pasando aquella velada tan agradable con vuestros amigos músicos, una de esas familias en las que parece que todos cantan y tocan lo que les echen. Cenando en torno al fuego (imposible alejarse en el duro frío nocturno del valle en invierno) mientras uno intentaba identificar a todo el mundo en esa familia tan grande y en la que parece que cada noche aparece gente distinta.

Alguno pensará que vaya manera de pasar unas vacaciones, trabajando gratis para otros, atascados una semana en un pueblo perdido sin atracciones ni bares a la vista. Pero lo cierto es que este viaje no pretende ser “unas vacaciones”, ni nosotros pretendemos ser (solamente) turistas. A veces lo somos, e incluso nos lo pasamos estupendamente. Pero en ciertos bellos instantes conseguimos escapar de esa rueda, de esa forma de viajar asimilada durante años, y encontramos otros rincones, otras gentes, otras experiencias.

Querida Menuka, querido Dhruba: esta semana con vosotros ha sido una experiencia inolvidable, precisamente, porque sois una familia normal y corriente. Con vuestra franca sencillez de la vida rural, con sus bellezas y sus incomodidades; con vuestros quehaceres y vuestras rutinas, con vuestras mil responsabilidades diarias; con vuestras costumbres y manías, tan lógicas o caprichosas como las de cualquiera; con vuestros mundanos problemas, tan mundanos como los de cualquiera. El que busque comodidades de turista, una amplia carta de comidas y actividades, o fotos para dar envidia en facebook… que se quede, legítimamente, en Katmandú. Si, por el contrario, algún loco viajero quiere descansar del incomparable bullicio de las ciudades asiáticas, conocer algo más a gente local y convivir con ellos, atravesar la careta de plástico de los destinos turísticos… le recomendaremos, siempre, que si pasa por allí no dude en acercarse a conocer a la familia Dhruba y pasar unos días con vosotros.