Coleccionando momentos

Tras una semana por estas tierras parece que, aunque sea lentamente, nos vamos habituando a esta nueva forma de vida. El ruido y el caos persisten, pero van apareciendo pequeños momentos e historias que hacen que cada instante, cada hora, sea diferente a la anterior. De hecho, ya podemos decir que le vamos cogiendo gustillo a esta montaña rusa de emociones…

Frenesí y sosiego

La llegada a Ahmedabad fue algo, digamos, estresante o, más bien, atolondrada. Tras más de 15 horas de autobús, en el que mágicamente nos quedamos fritos a pesar de tanto bache y banda sonora, Paco me despertó y me dijo: “María, creo que ya estamos cerca”. A lo que abrimos la cortinilla de separación y… ¡no hay nadie en el autobús! Pues sí, sopas como estábamos ni nos habíamos dado cuenta de que ya habíamos llegado. Así que rápidamente nos vestimos (sí, dormimos en pijama 🙂 ), cogimos todas nuestras cosas, salimos y nos encontramos con la marea humana de rickshaws… Aunque para entender lo que es eso hay más bien que vivirlo. Y claro, recién despertados y sin saber muy bien dónde estábamos, ¡nos timaron! Pero bueno, a cambio vimos nuestro primer camello. ¡Son enormes! (Luego veríamos otros cuantos, además de un elefante y algunos monos.)

Tras descansar en el hotel, que falta nos hacía, decidimos irnos al Lago Kankaria, que tenía pinta de ser justo lo que necesitábamos. Imaginaos un lago enorme, árboles, niños jugando, puestecillos de comida, un trenecito… Habría dado la impresión, de no ser por los ubicuos “Which country, sir?”, de que por un momento hubiéramos salido de la India: adiós cláxones, adiós suciedad…. Este remanso de serenidad y sosiego vino acompañado de una preciosa puesta de sol. ¿Qué mejor manera de acabar el día?

Atardecer en Lago Kankaria

Espiritualidad y materialismo

En la India, país espiritual y religioso donde los haya, uno encuentra mezquitas y templos allá por donde pasa. Sin ser creyentes, hemos de reconocer que hay algo en estos lugares que nos atrae. La paz y serenidad que se respira, la quietud, el silencio… son momentos mágicos en los que uno puede hablar consigo mismo y olvidarse del mundo. Son instantes también en los que observas la ferviente religiosidad de esta gente, sus costumbres, sus rituales… junto con cierta incomodidad de estar siendo, quizás, testigo de algo íntimo y único de otra persona.

Mezquita

A estos momentos de espiritualidad y de diálogo con uno mismo les siguen, por supuesto, otros frenéticos como es visitar un mercadillo o pasear por las innumerables calles comerciales. Todo tipo de mercancías: ropa, muebles, electrodomésticos, repuestos, fontanería, móviles, quioscos… También algunas profesiones ya olvidadas allí, como afiladores o sastres con máquinas manuales… Y por descontado puestos de comida de lo más variopinto, como samosas y otras fritangas, pani puris, zumos y chais, e infinitos plátanos y manzanas… Todo tan apretado y junto que no se sabe cuándo acaba una tienda y empieza otra. Eso sí, entre tanto vendedor siempre encuentras alguna sonrisa que no busca nada y que lo consigue todo: alegrarte el día.

Soledad y multitudes

Una tarde fuimos a visitar el Sabarmati Ashram, donde Gandhi vivió durante doce años. Allí se gestaron muchas de sus actividades en lucha por la independencia y comenzó, por ejemplo, la marcha de la sal. Esta marcha fue un hito en dicha lucha, y es por ello que actualmente el Ashram acoge un museo dedicado a Gandhi. Allí observamos imágenes y recortes de periódico de la época, así como las espartanas estancias en las que vivían. El lugar, bastante apartado, transmite mucha serenidad, y es asombroso pensar que estábamos en un lugar de tanta importancia histórica.

Ashram Gandhi

A esta maravillosa visita le siguió un muy agradable paseo junto al río, donde unos lugareños nos pidieron que les echásemos unas fotos con nuestra cámara (así como suena…). Descubrimos también que este es el lugar donde las parejas indias se citan sin ser molestadas. Y no, no es que hagan nada salvo estar juntos, pero aquí hasta eso puede estar mal visto.

Lugareños piden foto

Para terminar esta agradable tarde, y como no podía ser de otra manera, tuvimos ciertas dificultades para volver al hotel. Resultaba que había un festival y nuestra calle y las de alrededor estaban cortadas. Así que allí nos veis, siendo rechazados por todos y cada uno de los rickshaws que veíamos… Si a eso le añades que la mitad no hablan inglés, ya nos veíamos dándonos un buen pateo hasta el hotel. Pero, como siempre en la India, aparece un ángel salvador que te hace de traductor con las cuatro palabras en inglés que sabe y consigue que alguien nos lleve. Ahora imaginaos qué viaje, ¡el más loco hasta ahora! Con un atasco impresionante, metiéndose por callejuelas donde aparentemente no cabe nada más, a contramano… Y así, poco a poco avanzando hasta que milagrosamente dijo: “¡ahí está el hotel!” Una forma muy divertida de acabar el día.

Este es un breve resumen de lo que es el día a día en la India, alternando entre el orden y el caos, en un sube y baja de emociones bastante divertido cuando te acostumbras a él. Sin embargo, aquí me he dejado la guinda del pastel, el motivo por el que vinimos a Ahmedabad en primera instancia. Y, de nuevo, uno de esos momentos que te deja sin palabras: la visita a Riverside School… pero eso lo dejaremos mejor para otro capítulo. 😉