Como en casa

Un poco así nos hemos sentido en Rishikesh. De hecho, es el primer lugar donde hemos estado más de una semana, y probablemente hubiésemos podido estar algo más. ¿Habrá sido la comida casera? ¿la cocina? ¿las cascadas? ¿las montañas? ¿el Ganges? ¿ese rinconcillo esperanzador? Quizás todo al mismo tiempo. Quizás haber estado en el lugar adecuado en el momento adecuado.

Después de esos laaargos viajes en tren y autobús, en mi caso además acompañada de una molesta diarrea, estaba claro que necesitábamos varios días de parón absoluto. No sólo estar quietos en una ciudad, sino sin hacer además grandes cosas más allá de unos paseítos, actualizar nuestro bloguito o ir a comer. Respirar aire puro desde la ventana y salir de la ciudad sólo dando un pequeño paseo. Recargar las pilas antes de dar el siguiente paso en este viaje.

¿La comida casera? ¿la cocina?

Como acabo de decir, mi llegada a Rishikesh no fue en un buen estado de salud. Mi diarrea me tuvo los días que pasamos en Amritsar prácticamente metida en el hotel. Por suerte al llegar a Rishikesh el dueño del hostal donde nos estábamos quedando nos invitó a su casa a comer un par de veces. Allí Paco pudo probar rica comida india casera no picante y yo pude reponerme tomando por fin unas ricas sopas de arrocito y verduritas.

Sin embargo, por varias razones nos acabamos cambiando de hotel a los pocos días de llegar. Una de las ventajas de este nuevo sitio era que… ¡tenía cocina! Es cierto que no disponíamos de muchos utensilios, ni siquiera nevera, pero cuando uno lleva tanto tiempo careciendo de ciertas cosas al volver a tenerlas no se pone muy mijitas. Y lo gracioso del asunto fue que, aun cocinando cosas muy simples, disfrutamos muchísimo y nos encantaron nuestros primeros platos después de casi dos meses sin cocinar. Incluso hicimos chai, el té indio, que aprendimos a hacer a base de observar cómo lo hacen ellos.

Descubrimos en definitiva que, aunque no éramos conscientes, echábamos de menos cocinar.

¿Las cascadas?

Rishikesh está rodeada de cascadas accesibles a todo aquel que no le importe andar un ratillo… o ir en moto que es lo hacen los indios. 😛 Nunca olvidaré la cara de nuestro amigo Sachim cuando le dijimos que haríamos 3 km andando por la carretera hasta llegar al inicio del camino.

Aquí hemos visitado dos cascadas. Las cascadas Neer Garh, las más famosas, tienen varios saltos de agua que descubres conforme subes y en las que hay pocitas donde darse un chapuzón. Aunque nos costó, acabamos nosotros también dándonos un bañito. ¡Estaba helada!

Cascadas Neer Garh (Rishikesh)

Si bien esas primeras cascadas estaban bastante concurridas, cuando fuimos a las segundas apenas nos cruzamos con tres o cuatro personas. Algo escondidas, se encuentran en un precioso entorno verde y húmedo. Uno de esos lugares que invitan a estar en silencio y disfrutar de la naturaleza. Aquí no hubo mono o adolescente chillón que nos molestase. Sólo nosotros, nuestros libritos y nuestro picnic. 🙂

Riachuelo (Rishikesh)

¿Las montañas?

Rishikesh es mundialmente conocida por ser la capital del yoga. Sin embargo, no vinimos por ello (de hecho finalmente no probamos nada de yoga por varias razones) sino por las montañas, y acertamos. Rodeados por ellas, las veíamos desde el balcón del hotel. Pero hubo un día que vimos más, vimos montañas muy altas. Ese día nos levantamos a las 5 de la mañana para estar una hora más tarde en el templo Kanjapuri. Allí, abrigados con todo lo que teníamos y aun así tiesos de fríos, vimos amanecer sobre las lejanas montañas del Himalaya indio. No sé si exagero al decir que fue mágico, y mi destreza fotográfica aún no es capaz de reflejar lo que se ve. Pero sabes que ese es uno de esos momentos que venías buscando.

Amanecer desde Kanjapuri (Rishikesh)

¿El Ganges?

Y por fin vimos el río Ganges. Enorme, caudaloso, rápido, verde esmeralda, limpio… así es para nosotros ahora mismo el río sagrado hindú. A sus orillas nos hemos escapado a mojarnos los pies, a sentarnos a leer, a verlo fluir. Sólo teníamos que andar unos escasos 15 minutos para poder simplemente disfrutar de la naturaleza.

Ya lo íbamos sospechando, pero esas escapadas al campito de vez en cuando también las echábamos de menos.

María en el Ganges (Rishikesh)

¿Ese rinconcillo esperanzador?

No sé si los buscamos o nos los encontramos, pero ya os habréis fijado en que no nos cansamos de visitar ONG dedicadas a la infancia. En este lugar también ha sido así, y por pura casualidad. Un día simplemente acabamos en un restaurante bastante escondido, muy bello, todo rodeado de plantas y con vistas al Ganges. Allí conocimos a una española que nos contó que en realidad ese lugar era un orfanato, donde el restaurante era un medio para conseguir fondos, y que ella estaba de voluntaria allí por un año. La ONG en cuestión se llama Ramana’s Garden y además del orfanato dirigen también un colegio. Así que además de tomar un té o comer también acabamos jugando con algunos niños.

Paco en Ramana (Rishikesh)

Empezamos a sospechar que necesitamos también ver y visitar estos lugares. No sólo porque nos gusten más o menos los niños, sino porque la visión de niños trabajando y pidiendo es muy dura. Tú, como simple turista que está de paso, no puedes hacer gran cosa, salvo no darles nada porque en ese caso contribuirías a que sigan viviendo así… aunque negar una y otra vez lo que te piden es muy difícil también. Es duro porque hagas lo que hagas te sientes mal. Visitar estos lugares es recuperar la esperanza, es saber que hay gente que lucha por esos niños.

Viajar es salir constantemente de tu zona de confort. Si además eliges un lugar como la India, entonces te encuentras muy lejos. Por ello, y aunque en este viaje uno busque precisamente eso, enfrentarte a nuevas situaciones, conocer otras costumbres y lugares, vivir experiencias totalmente alejadas de lo conocido… también es necesario parar en algún lugar donde ese esfuerzo no sea tan grande. Para nosotros, estar a nuestro aire en la naturaleza o cocinar, forma parte de nuestra zona de confort y por ello creo que nos hemos sentido tan a gusto aquí. Tomar consciencia también de esto, de qué echábamos de menos, forma en realidad también parte de conocerse mejor a uno mismo. Incluso siendo cosas que supuestamente ya sabíamos, aunque quizás no éramos conscientes de lo mucho que forman parte de nosotros.