Crónica de un viaje en autobús

Una de las cosas que ya vamos asimilando es que aquí los tiempos se estiran y estiran sin llegar a romperse. Como chicle. Como una visita indeseada. El ejemplo evidente son los desplazamientos más o menos largos: la India ofrece la posibilidad de recorrer grandes distancias por muy poco dinero. Siempre, claro está, que uno se arme de paciencia y que esté abierto a las sorpresas.

Ya habíamos probado el tren, bullicioso, ajetreado, para llegar a Aurangabad. Y a Ahmedabad fuimos en un autobús nocturno razonablemente cómodo, baches aparte. Pero ha sido nuestro último viaje, a priori el más corto, el más accidentado hasta la fecha.

En la estación

08.30 – Previsores, puntuales, llegamos la estación de autobuses, con nuestros mochilones y nuestra cara de sueño. Ya nos ha dado tiempo a regatear con un rickshaw y a comprar un montón de plátanos. Dos días antes reservamos los billetes: el autobús a Udaipur sale a las 09.00, no sabemos de qué andén. Debería llegar en cinco horas, esto es a las 14.00.

08.45 – Como las pantallas están casi todo el tiempo en guyaratí, y cuando están en inglés no aparece nuestro autobús, empezamos a preguntar a los de información. Andén 10, nos dicen. Confiando en lo que nos dicen (los autobuses tampoco anuncian su destino en inglés), nos subimos al destartalado autobús del andén en cuestión. Dentro, sin embargo, todos los pasajeros nos dicen que no, que ese autobús no va a Udaipur.

Salimos de nuevo. Los nervios van aumentando.

09.00 – El de información nos manda ahora al andén 11. Allá vamos, pero el conductor nos dice que tampoco. Damos vueltas, preguntando a todo señor uniformado. Ninguno sabe nada concreto. Ante nuestra creciente angustia europea (caras de pánico, carreras por la estación), un vejete del lugar, muy simpático, nos indica con gestos que nos tranquilicemos. Señala el andén 10 y asegura: “ten minutes!”.

09.15 – En este rato dos o tres autobuses más han llegado y partido del andén 10, y otro tanto de los andenes contiguos. Los lugareños nos hacen gestos alentadores, dan estimaciones aleatorias, y ninguno se mueve del sitio. Así que hacemos lo mismo.

Un chico más joven nos tranquiliza también, y nos dice que él va a Udaipur. Nos agarramos a esto como a un clavo ardiendo (sobre todo porque el vejete, tu anterior esperanza, ha desparecido). Por allí siguen yendo y viniendo autobuses con carteles incomprensibles. Dada la calma de los demás, suponemos que ninguno es el nuestro.

09.30 – Resignados, intentamos aclimatarnos (por la cuenta que nos trae) al tempo del lugar. Sólo hay que respirar hondo, relajarse, no pensar en nada, observar y disfrutar del momento. Total, nadie nos espera en Udaipur.

09.45 – Por fin (¡oh alabado seas, Ganesh!) llega un autobús al dichoso andén 10 al que todos se suben corriendo. El joven de antes te hace una señal, y te subes también al autobús más destartalado de cuantos han aparecido hasta ahora. Preguntas, inseguro, a todo bicho viviente: “Udaipur? Udaipur?”. Asienten. Nos sentamos, respiramos aliviados.

Y de repente, cuando ya cantábamos victoria, llega un señor, se asoma al autobús e indica impaciente que no, que nos cambiemos al de al lado. Intentamos entender qué pasa, pero el señor o no habla inglés o no tiene tiempo de discutir. Dudamos un momento, pero la gente parece aceptar el cambio de planes. Así que nos cambiamos.

Tu nuevo autobús parece, comparativamente, más nuevo y más cómodo. Así, a eso de las 09.50, con casi una hora de retraso, el autobús parte, por fin, hacia Udaipur.

Una paradita o dos

11.00 – En un remoto pueblo, de cuyo nombre, obviamente, no me acuerdo, el autobús hace la primera parada. Al principio creemos que va a soltar y recoger gente, como hacen los autobuses civilizados. Pero no, o no principalmente. El chófer aparca debajo de un árbol, y va a buscar a otro hombre. Éste se sube, arranca, toca aquí y allá. Se baja, y vuelve al momento con algunas herramientas. Empieza a desatornillar algo…

Visto el panorama, nos bajamos y comemos algo. Charlamos con el chico de antes. Nos da tiempo incluso a probar la letrina del lugar (que cada cual se imagine el panorama). Como en nuestro tópico nacional, el atareado mecánico intenta arreglar el autobús mientras otros tres o cuatro lo observan atentamente. Reflexionamos, supongo, sobre las alternativas. Quedarte un par de horas atascado en ese pueblo perdido no parece muy alentador. Proseguir un viaje kilométrico con un apaño rápido… quizás sea aún peor.

11.30 – Al final, la cosa se arregla en apenas media hora. Un poco acalorados, con una hora de camino y hora y media de retraso a nuestras espaldas, seguimos el viaje.

12.00 – Observo agradecido que el cobrador del autobús es especialmente atento con nosotros. En este otro pueblecito, al parar, nos busca por la ventanilla e informa: “Breakfast. Two minutes!” Que por supuesto serán unos veinte.

Peajes en la India

13.00 – A ratos identificamos el lugar en el que estamos, yo miro el mapa, y algo no me cuadra. A este ritmo llegamos mañana. Nótese que circulamos por carreteras de un carril en cada sentido, con tráfico mediano y adelantamientos de infarto, tractores, ganado. Las señales indican un tope de 60 km/h. Cruzamos cada pueblo del camino, con sus mercados, sus vacas, sus baches.

Y entonces, me froto los ojos, incrédulo. No puede ser. ¡Cabinas de peaje! Un rayo de esperanza: resulta que ¡sí hay autovías aquí!

Tu dicha infinita, sin embargo, se desinfla en pocos minutos. La carretera mejora, pero no cabe llamarla autovía. Dos carriles, mejor firme, menos curvas, menos pueblos. Las señales indican ahora 80 km/h, y los cambios de sentido in situ están permitidos.

14.00 – Es la presunta hora de llegada, pero sabemos por los carteles que quedan muchos kilómetros. Cambia el paisaje, atravesamos montañas, bosquecillos y cultivos. Nuestros estómagos empiezan a asumir que, para cuando lleguemos a Udaipur, no quedará un sitio abierto para comer.

14.30 – Temor infundado, claro. Todavía queda una parada más, y el cobrador nos informa de nuevo: “Have lunch. Twenty minutes!”. Si los pueblos del interior de la India parecen remotos, los bares de carretera ya… Nos dan la carta en hindi y tenemos que aguantarnos la risa. Pedimos algún plato convencional y comemos a la bulla. No dejamos de temer que nos dejen en tierra, pero en fondo sabemos que el cobrador, como de hecho hace, se asomará a avisarnos.

15.00 – De nuevo en marcha, y con todavía un buen rato de carretera por delante, el cobrador decide darnos conversación (tampoco tiene mucho que hacer). Nos pregunta, como todos, por España, por nuestro viaje. A los pocos minutos nos pide la guía de la India con la que viajamos, que está en español, y se pasa un largo rato enfrascado en su lectura.

16.30 – Y por fin, siete horas y media después de la supuesta hora de salida, llegamos a Udaipur. Aquí los tiempos, como digo, se estiran sin llegar a romperse. Los rickshaw hacen cola a la salida del autobús. Pero llegamos de buen humor, con fuerzas todavía para empezar el inevitable regateo.