Entrando en terreno turista

Con más de 40 horas acumuladas en aviones, trenes y autobuses, con tal cantidad de shocks culturales y vivencias de toda índole, no es de extrañar que nuestros cuerpos, mentes, almas (y estómagos) clamaran por hacer un largo alto en el camino, por asimilar todo lo que estábamos viviendo. El lugar elegido: Udaipur, la que dicen es la ciudad más romántica del Rajastán (o incluso de toda la India).

Udaipur, con su lago y su palacio, con sus callejuelas y sus tiendecillas de artesanía, nos ha permitido pasear, olvidarnos del ruido y del tráfico, disfrutar de sus preciosos atardeceres… Alguno dirá que menuda comparación, pero me recordó al Albaicín de Granada. Teníamos hasta el equivalente al tablao flamenco, un espectáculo de danza local justo al lado de donde nos hospedábamos, y que escuchábamos cada día al caer la noche.

Atardecer en Udaipur

Esta ciudad ha sido nuestra puerta de entrada al Rajastán, el estado más turístico de toda la India. Este hecho se hace notar en una serie de cambios, algunos más evidentes y otros no tanto, con respecto a zonas menos visitadas. Si hasta ahora apenas habíamos visto turistas extranjeros, aquí he perdido la cuenta de cuántos españoles había. En los restaurantes se puede comer comida occidental (¡y por tanto no picante!) además de comida india, lo que reconozco ha sido todo un alivio para mi sistema digestivo al completo. Y, por supuesto, hay miles de tiendas de souvenires, cursos de cocina, de sitar, de hena… Experiencias para turistas, en definitiva. Pero hay también otras diferencias más sutiles que, por venir de zonas menos visitadas, hemos notado también. Por ejemplo, en el mundo del restaurante indio puedo enumerar las siguientes:

  1. Pides comida no picante y te la traen con picante aceptable, cuando en otras ocasiones te arde la boca igualmente.
  2. Hay restaurantes con terraza (o en azotea con vistas). Es la primera vez que las vemos, hasta ahora los restaurantes solo eran interiores.
  3. Hay música de fondo (en otros sitios no había nada).
  4. El número de mozos trabajando ha disminuido drásticamente. Normalmente hay uno para cada tarea: tomar nota, limpiar la mesa, traer la comida…
  5. Con la cuenta suelen traer anís y azúcar, y aquí esa costumbre no la tienen. 🙁
  6. ¿Os imagináis que nada más terminar de comer te traen la cuenta para pagar y que te vayas yendo? Pues esa es la costumbre local, que por supuesto aquí no se sigue.
  7. Junto con la comida suelen traer cebollita cortada cruda. Se ve que como los occidentales no la tocábamos la dejarían de traer.

Quizás alguno esté pensando que no son diferencias importantes, que la posibilidad de tomar comida no picante puede ser necesaria para el turista occidental (yo soy la primera que lo he agradecido infinitamente). De hecho, he disfrutado de todos esos detalles que acabo de mencionar. Sin embargo, ser conscientes de estas pequeñas diferencias nos ha hecho reflexionar sobre el poder del turismo para modificar la realidad, y para falsear quizás la experiencia que vivimos en un lugar.

Pero, ¿a qué me refiero con falsear la experiencia? Cuando viajamos a otros lugares, ya sean en nuestro propio país o en tierras lejanas, buscamos vivir experiencias distintas a lo acostumbrado, a lo ya conocido. Sin embargo, cada uno busca algo diferente, y eso es lo que nos hace vivir experiencias distintas. Si buscamos monumentos y souvenires para recordar o fotos para el Facebook, cualquier lugar turístico es perfectamente válido. El dilema aparece si además de todo ello queremos conocer sus costumbres, cómo viven, qué desayunan, en qué trabajan… si queremos vivir experiencias reales del lugar, y no algo creado por y para el turismo.

La cuestión que nos planteamos es, pues, ¿puedo vivir esas experiencias en sitios turísticos?   Si nos dejáramos guiar por las diferencias enumeradas anteriormente quizás nos inclinaríamos al no. Pero, como todo, en realidad la respuesta no es tan simple y se hace necesario reflexionar un poco más. Por ejemplo, ha sido precisamente en este lugar donde nos hemos fijado en algunas de esas características de los restaurantes indios. Jugar a las siete diferencias, al fin y al cabo.

Paco mirando al horizonte (Udaipur)

Si queremos ahondar un poco más en la cuestión debería contar cuál ha sido de hecho nuestra experiencia aquí:

Udaipur es la ciudad más turística en la que hemos estado hasta ahora y, al mismo tiempo, en la que menos turismo como tal hemos hecho. Aparte de un poco del Palacio, del Templo Jagdish y unas clases de música, la mayor parte del tiempo lo hemos dedicado a disfrutar de las ventajas de un viaje largo: descansar, leer, poner al día el blog y las fotos, quedarnos en el hostal si nos apetecía, desayunar laaaargamente, pasear… y no rayarnos por dejar de visitar tal o cual lugar imprescindible. Ha habido también algunos momentos mágicos, como el diálogo con un joven y tímido estudiante que deseaba estudiar Física. O las conversaciones con un señor francés, jubilado, que llevaba viajando solo desde los años 70 y que ya ha recorrido toda la India varias veces. Las largas conversaciones con él sobre viajes, sobre esas anécdotas que solo pueden ocurrir aquí, han sido instructivas, reveladoras, divertidas… Nos han ayudado a comprender algo mejor este país (qué ha cambiado y qué no cambiará nunca) y, lo más importante, a nosotros mismos, nuestros sentimientos y experiencias vividas hasta ahora.

Paco tocando el tabla (Udaipur)

Nos llevamos, pues, algo más que una ciudad turística en nuestro recuerdo, nos llevamos ese tipo de vivencias que te permiten entender un poco mejor el lugar que visitas. Volviendo a nuestro dilema sobre los lugares turísticos, sobre, en definitiva, si es posible encontrar otro tipo de experiencias, quizás la respuesta se acerque más a un sí. Al fin y al cabo, somos nosotros los que en última instancia elegimos lo que queremos o no queremos vivir. La clave está pues en nosotros mismos, en lo que busquemos allá donde vayamos. Incluso aunque no seamos siquiera conscientes de que lo estemos buscando.