Gente de Pushkar

Rememorar cada ciudad visitada hasta ahora significa en realidad recordar una sensación, un lugar, un momento, o incluso una persona en concreto. Me refiero a lo primero que se nos viene a la mente. De Bombay recordamos el caos, de Udaipur un rinconcillo escondido frente al lago, del Monte Abu ese chai en mitad de la montaña… Pensar en Pushkar será pensar en las diferentes personas con las que nos hemos cruzado, y que nos han hecho vivir unos días muy intensos. 

Nuestro primer día en Pushkar ya apuntaba maneras, si uno lo piensa en retrospectiva. Volvíamos de almorzar cuando observé a varias mujeres que estaban jugando en un tablero pintado en el suelo. Como fichas usaban unas piedras y por dados unas conchas. Yo, ludópata como soy, no pude hacer otra cosa que quedarme mirando atentamente.  Al verme, las mujeres nos invitaron a pasar, por supuesto.

Y allí nos veis observando e intentando comprender cómo funcionaba el juego, ya que, como os podéis imaginar, ¡no hablaban inglés! Al cabo de 10 minutos ya estábamos jugando al “chopar”, una especie de parchís simplificado. Fue muy bonito observar cómo jugando no hay diferencias entre ellos y nosotros. Gritamos y nos animamos cuando vamos ganando, o cuando nos comemos la ficha de otro, soplamos a los dados para que nos den el número que necesitamos… Los gestos, las expresiones de alegría y tristeza, las discusiones, todo es igual. Aquí la cultura no manda.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Después llegó Adriana, una joven francesa que hacía couchsurfing en la misma casa que nosotros. Llevaba tan solo una semana en la India, de los 6 meses que planea estar por aquí viajando sola. Con ella hemos compartido muchas experiencias. Ella nos enseñó algunos de sus restaurantes y rincones, ya que llegó aquí antes, y nosotros la escuchamos y ayudamos a superar esos primeros días difíciles. Incluso nos mudamos al mismo hotel cuando no pudimos continuar en la casa donde estábamos. En general hemos de decir que admiramos a todo aquel que viaja solo, y más aquí en la India, ya que para nosotros resulta clave nuestro apoyo mutuo. Siempre recordaremos su alegría y desparpajo, y sobre todo su confianza en que todo le va a salir bien. Viaja sin whatsapp ni internet (aun cuando lo necesita para hacer couchsurfing), y con muy poco dinero, pero es curioso como las puertas se le van abriendo una detrás de otra.

Paco, Adriana and a german friend

Si todo esto es ya de por sí digno de recordar, aún me queda por contar la gran experiencia que vivimos con ella y gracias a ella: conocer Anita y su familia. Si pensamos en Pushkar, pensamos en Anita.

Anita es de Pushkar, y creció pidiendo en las calles. Tiene 20 años, y vive con su madre y su hijo, ya que está divorciada tras sufrir malos tratos. Como podéis imaginar, la vida no ha sido fácil para ella y ha vivido experiencias muy duras. Sin embargo, no quiero aquí relatar los muchos y diferentes problemas que tiene que afrontar en su día a día. Quiero hablaros de que Anita nos abrió su casa como nadie nunca lo ha hecho. Con una sonrisa nos invitó el día que nos conocimos a un chai que acabó convirtiéndose en una invitación a cenar, a las que siguieron otras tantas en los días sucesivos. Y así pasamos con ella, su madre, hermano y niños tres noches en las que nos dieron de comer lo mejor que podían ofrecernos, nos enseñaron a hacer chapatis, nos pintaron hena, y me regalaron hasta una pulsera. Incluso celebramos con ellos Diwali, el año nuevo hindú. Todo esto además sin pedirnos nada, aunque obviamente estén necesitados de muchas cosas. Nos hablaron de su vida y de la India que ellos viven. Pero, sobre todo, nos transmitieron todo el amor que sienten por su familia y su esperanza por darle una vida mejor a sus hijos.

Creo que sólo alguien que haya vivido algo así puede entender qué se siente cuanto te lo dan todo sin esperar nada a cambio. Es imposible no sentirse abrumado, feliz, desconcertado, emocionado y egoísta, todo al mismo tiempo. Como humilde regalo les imprimimos unas fotos que tomamos la primera noche que pasamos con ellos, y que les hicieron muy felices.

En casa de Anita

Gracias a Anita descubrimos también la fundación Fior di Loto, una ONG educativa (¡qué casualidad!). La fundaron una italiana, Mara, una dominicana, Guadalupe, y un indio, Deepu hace unos quince años. Deepu es un sacerdote que se dedicaba a hacer pujas (un ritual hindú) a aquellos que lo deseasen en el lago, y un día cualquiera les tocó el turno a Mara y Guadalupe. Ellas le preguntaron qué le gustaría hacer en un futuro y él les contestó que tener un colegio para aquellos niños que no pueden ir a la escuela pública por falta de recursos. Hoy día, proporcionan educación gratuita a más de 400 niñas de Pushkar. Si bien la escuela es su labor fundamental, también se preocupan por mejorar las condiciones de vida de la comunidad. Han ayudado a construir casas, a vacunar perros, dan ayuda a ancianos y un largo etcétera. Una vez más, es maravilloso conocer a gente que imagina un mundo mejor y lucha por hacerlo realidad.

Una de las cosas más bonitas que estamos viviendo en este viaje es el contacto tanto con otros viajeros como con locales. Con los viajeros compartimos nuestras propias anécdotas, nos ayudamos mutuamente a entender la India y a darnos cuenta de que todos tenemos las mismas dificultades. Los locales te permiten por otro lado entender su cultura, te dan sus diferentes visiones de la India dependiendo de sus propias vivencias. Y aprendes que ciertas realidades no se pueden entender desde fuera, en un libro, película o blog. Que hay dejarse tocar por lo que te rodea, ya sea bueno o malo, que hay vivirlo y sentirlo…