Lecciones de Aurangabad

No es que uno lo busque. Es que las curas de humildad nos asaltan en el momento menos pensado. Es como si la India nos pusiera a prueba en cada esquina y en cada situación. Como si la realidad se empeñara en desafiar a nuestros prejuicios.

Uno de estos prejuicios, y de los más nocivos, es el que afirma que en torno a todo turista orbitan necesaria y exclusivamente un enjambre de estafadores, comisionistas y vendedores con los precios inflados. Que haberlos, haylos, claro. Pero a veces…

Bibi-qa-Maqbara

Reconozco que nuestro estado de ánimo al llegar a Aurangabad no era el más propicio. Llevábamos unos días frenéticos en Bombay, sin descansar de verdad del viaje desde España. Luego siguió nuestra primera experiencia en tren, larga y apretada; divertida y pintoresca al principio, pero agotadora a la larga. Tampoco ayudó el tradicional asalto a la salida de la estación de los mil y un conductores de rickshaw. Huimos como pudimos de aquella marea humana y nos escondimos en un hotel barato algo apartado. Demasiado barato quizás, pensamos luego.

Descansamos veinticuatro horas antes de ponernos de nuevo el disfraz de turista. Fuimos a visitar el Bibi-qa-Maqbara, llamado el Taj pobre o el Mini Taj Mahal. Un intento de copia del mausoleo de Agra, fiel sobre el papel, pero con cierto aire decadente.

Bibi-qa-Maqbara (Aurangabad)

Y en el recinto, paseando por los amplios jardines, nos abordó un joven local. Muy amable, nos contó cosas sobre el monumento, y nos preguntó muchas cosas sobre nosotros. Las alarmas se encendieron: los guías-que-nadie-pidió usan disfraces sutiles. Y el caso es que era simpático y educado, hablaba bajito, y parecía más curioso que otra cosa. Pero ambos dudamos.

Nuestro plan para el día siguiente era visitar las cuevas de Ellora, a unos kilómetros de la ciudad, y en seguida nos propuso acompañarnos. Las alarmas sonaron más fuerte: la petición no dejaba de chocar, nos habíamos conocido durante media hora escasa. O quizás no, quizás no había doblez, quizás simplemente le apeteciera. Como hacemos a diario un esfuerzo consciente por abrirnos a ciertas cosas, por raras que nos resulten, al final aceptamos.

Ellora

A la mañana siguiente, pues, nos encontramos con Salam, y la verdad es que fue de gran ayuda nada más aparecer. Sólo hay que imaginarse en una estación de autobuses enteramente en hindi (o maratí, vaya usted a saber), números incluidos; rodeados del habitual bullicio, vendedores ambulantes por doquier; sin angloparlantes a la vista, y buscando un autobús regular que pasa por Ellora. Si no es por él, no sé dónde acabamos.

En Ellora pasamos un día muy agradable. Se trata de un conjunto de templos (más de treinta) budistas, jainíes e hindúes, excavados directamente en la roca en la ladera de una montaña. Algunos sencillos, otros enormes y tremendamente elaborados, enteramente tallados de arriba abajo. Parientes cercanos de los de Ajanta, también por la zona pero bastante más apartados de la ciudad. Un espectáculo impresionante, y muy bien conservado.

Templo Kailash en Ellora (cerca de Aurangabad)

Visitamos pues este hermoso lugar con nuestro peculiar amigo, haciéndonos fotos, charlando de todo un poco. Nos explicó algunas cosas (claramente no era su primera vez aquí), pero más como un amigo con dominio del tema que como un guía como tal. Nos preguntó mucho, y por todo: por España, por nuestras profesiones y aficiones, por nuestro matrimonio… Todo muy cómodo y natural, dentro de la rareza inherente a la situación.

Luego conseguimos volver, de milagro. Hubo que coger un rickshaw in extremis para pillar el autobús a cuatro kilómetros de allí. De nuevo, imposible haberlo logrado solos, turistas un poco perdidos, siempre con la duda de si alguien te está tomando el pelo. Pero siempre es así, el dilema del mentiroso: tú estás vendido, no entiendes nada en esta isla en la que todos mienten, o todos dicen la verdad…

Con Salam en Ellora (cerca de Aurangabad)

Una última parada

Todavía nos dio tiempo a un dilema más. Nuestro plan al volver era sacar dinero, comprar el billete de autobús para el día siguiente, y volver al hotel. Al momento Salam y un conductor nos estaban organizando la tarea. Y así pudimos mosquearnos una última vez.

Te mosqueas porque esos señores de los rickshaws te caen regular, porque quiere que compres los billetes en no sé qué otro sitio distinto de la estación, porque no te ha dicho cuánto te va a cobrar. Te mosqueas, no lo quieres reconocer, porque te molesta no controlar la situación, depender de otros para salir del paso.

Y sin embargo, todo salió redondo. Salam, muy agradecido por la velada, se despidió pidiendo mantener el contacto. El conductor en cuestión nos llevó a un cajero, nos llevó a comprar los billetes correctos en el sitio acertado (billetes que, en efecto, no se compran en la estación, para un autobús que tampoco sale de allí). Y luego nos llevó al hotel, todo por dos duros.

No sin antes parar el cacharro en lo alto de un puente, e indicarme que lo siguiera. Y cruzar ambos los cuatro carriles de la avenida. Todo para enseñarme el lugar de donde sale nuestro autobús al día siguiente, para que lleguemos sin problemas.