Ochenta días

Vistos desde fuera, nuestros últimos días en la India parecen sacados de una guía turística. Después de más de dos meses viajando por el subcontinente, incluyendo nuestro maravilloso rodeo nepalí, llegamos por fin a algunos de los destinos emblemáticos de todo tour convencional por el norte de este inmenso y singular país: Varanasi, Agra y Delhi (Jaipur, clásica muestra rajastaní en este habitual pack, ya lo habíamos visitado antes). Sin embargo, nuestra experiencia estos días no ha sido nada convencional: como siempre, en cierto sentido el viaje tiene más que ver con el viajero… que con lo viajado.

De la fotogénica y cautivadora Varanasi ya ha hablado bellamente María. De Delhi, esquiva Delhi, tenemos poco que contar, a pesar de haber estado dos veces allí. A medio camino entre ambas se sitúa oportunamente Agra, esa ciudad a la que casi todos dedicamos apenas unas horas, para visitar la joya de la corona de los monumentos indios, la incomparable maravilla del mundo:

El Taj Mahal

Es muy difícil habar del Taj. Como todo lo inmensamente hermoso, uno siente que intentar describirlo con torpes palabras es no hacerle justicia. Su blancura perfecta, su obsesiva simetría, su emplazamiento abierto y orientado al sur, con el río Yamuna a su espalda… todo ello es ingrediente de su belleza, pero describirlo no ayuda a comprenderlo. Incluso la mejor de las fotos da apenas una idea tenue de lo que supone visitarlo.

Taj Mahal (Agra)

Uno puede hablar de su historia, la del desconsolado emperador mogol que erigió el mausoleo como ofrenda póstuma a su esposa fallecida. Romanticismo desmesurado que tiene como guinda el posterior encierro del enamorado (por parte de su propio hijo): el desdichado ex-emperador habría podido llorar a su esposa fallecida día y noche, mientras contemplaba su magnífica obra desde el ventanuco de su celda.

También podemos narrar las mil anécdotas en torno a la visita (la India siempre te regala unas cuantas). Me contengo y comparto solo una: el tren Varanasi-Agra prometía tardar apenas doce horas, llegar a nuestro destino a las seis de la mañana, y regalarnos así el Taj al amanecer, más bello si cabe, y menos concurrido. La idea de acertar con la estación adecuada de noche y en un país en el que los trenes no informan sobre estas cuestiones y siempre llevan retraso… es una experiencia en sí misma. Madrugar para que al final el tren llegue cinco horas tarde (diecisiete horas de viaje) y el Taj al amanecer se convierta en el Taj al mediodía… es un fastidio que solo los aficionados a la fotografía entienden en toda su profundidad.

El regreso

Estos últimos días han sido especiales, y un tanto frenéticos, por un triste y súbito cambio de planes. En nuestro itinerario estaba despedirnos ya de la India (¡hasta la próxima!) y volar directos a Kuala Lumpur. Gran Viaje, Capítulo 2: Sudeste Asiático. En lugar de esto, un inesperado problema médico-familiar nos ha traído de vuelta a casa antes de lo previsto.

Ironías de la vida: nuestra estancia en Asia ha durado, ni más ni menos, ochenta días. Después de todo, volvemos con el distintivo Willy Fog en la solapa. 😉

Semejante cambio de planes, brusco y amargo, merece algunas reflexiones.

Primera: una de las cosas que te enseña el viaje es que los imprevistos acechan a cada paso. Viajar no es ir flotando suavemente en una sucesión planificada de momentos inolvidables y bellas fotografías. Lugares como la India o Nepal desafían constantemente a tu occidental mente cuadriculada. Las cosas empiezan a rodar cuando aprendes que no puedes controlar casi nada, y que es más fácil y más productivo dejarse llevar un poco y vivir muy al día.

Al final, incluso la decisión más dura la hemos asumido como parte del viaje: simplemente, hemos tenido que resolver de un día para otro un imprevisto más grande de lo habitual.

Segunda: el viaje ha sido más breve de lo que pensábamos. Aun así, ochenta días es mucho más de lo que habíamos viajado jamás. Los cambios que se producen en un viaje tan largo no son moco de pavo… Te acostumbras a un ritmo de vida distinto, ese en el que no hay que fichar y no estás esperando que llegue el fin de semana. Te acostumbras a tomar decisiones todo el rato, y aprendes que las cosas se solucionan siempre de uno u otro modo. Te acostumbras a vivir con muy pocas cosas, a renunciar a mil comodidades. Te acostumbras a tratar a diario con personas de orígenes y formas de ver la vida completamente distintas a las tuyas, te esfuerzas por comprenderles, te pones a ti mismo en perspectiva.

Ahora estamos de nuevo en España, pero convencidos de que el cambio se ha producido ya: los que hemos vuelto hoy no somos los que se fueron en octubre.

Tercera: ya hemos abierto la caja de Pandora. Nos preguntan mucho si pretendemos seguir el viaje una vez se solucione lo que nos ha traído de vuelta a casa. La respuesta corta: sí. La respuesta larga: no sabemos cómo ni cuándo ni a dónde ni por cuánto tiempo. Ni siquiera cuántas veces. Pero hemos aprendido que se puede viajar a lo grande si uno tiene las suficientes ganas. Y hemos descubierto que… ¡nos encanta! De nuevo, intentaremos vivir al día y tomar las decisiones concretas cuando llegue el momento.

Sobre todo, hemos aprendido que el Viaje no es estar en el extranjero con una mochila a la espalda, es una forma de ver la vida. Y una vez que se nos ha metido en la cabeza, no va a ser fácil sacarla. Seguirán otros capítulos en un solo paso.

Trekking Poon Hill

Este viaje o su primer capítulo nos han regalado un sinfín de experiencias y de recuerdos. Hemos hecho amigos en Bombay, en Pushkar o en Changu Narayan; hemos visitado el Ganges donde todavía es cristalino, y donde solo los indios se atreven a tocarlo; hemos lidiado con transportes terribles, y con una crisis de liquidez; nos hemos maravillado con escuelas inspiradoras, y con las imponentes crestas del Himalaya. Hemos vivido todo esto y mucho más, y estamos infinitamente agradecidos por haber podido vivirlo. Porque hemos disfrutado como enanos viviéndolo.

Y hemos disfrutado compartiéndolo con vosotros.