Pokhara (y cómo llegamos allí)

Está atardeciendo. Tomamos té en una terraza junto al Lago Phewa mientras contemplamos el paisaje dorándose. El pequeño Templo Bahari flotando en su islote diminuto. La blanca pagoda sobre la colina a nuestra izquierda. La otra colina, dominada por el Sarangkot de célebres vistas, a nuestra derecha. Tras esta última se intuyen algunos picos nevados.

No se está mal en Pokhara. O, al menos, en este gueto turístico (Lakeside se llama, siempre tan creativos aquí con los nombres), lleno de comodidades y pequeños placeres de occidental de vacaciones: hoteles cómodos, agua caliente, comida internacional. Casi se le olvida a uno la odisea mayúscula que tuvimos que sufrir hasta llegar aquí.

Lago Phewa (Pokhara)

El viaje a Bambasa fue duro, pero lo aguantamos con estoicismo.

Como somos mitad aventureros, mitad temerarios, decidimos cruzar a Nepal por carretera. Así que partimos de nuestra querida Rishikesh, que tantas alegrías nos dio, y bajamos a la vecina Haridwar. Esta ciudad santa para los hindúes tiene fama por sus ofrendas diarias al Ganges al caer la tarde. Nuestra experiencia, sin embargo, fue más prosaica. Comenzó con un thali (picante nivel indio avanzado) en el dhaba (restaurante local) más cutre que encontramos. Luego siguieron las mil vueltas de rigor en la estación hasta dar con el único que supo decirnos la hora de nuestro autobús: ¡el conductor! Y, finalmente, un montón de horas para hacer tiempo, porque el susodicho autobús no salía hasta el anochecer. O sea, que después de todo ni siquiera pudimos ver la ofrenda al Ganges.

Del autobús a Bambasa, la última ciudad antes de la frontera, recordaremos creo dos detalles nada secundarios. El primero es que conseguimos los asientos con menos espacio para las piernas de todo el vehículo. Cosa ya de por sí preocupante en mi caso. Pero en un trayecto nocturno de diez horas… fue ciertamente inolvidable. El segundo fue el conductor: un individuo brusco al que no me atrevería a llamar directamente maleducado… si no hubiera sido por su sistema para mantenerse despierto toda la noche: música india a todo trapo. A las once te parece gracioso todavía; a las tres de la mañana tienes que controlar tus instintos asesinos. Esa noche estrené mis (benditos, aunque insuficientes) tapones para los oídos.

Por lo demás, llegamos a Bambasa enteros. A las cinco de la mañana, muertos de sueño, con el frío inevitable… pero aún con espíritu para afrontar el breve paseo en coche de caballo (sí, en coche de caballo) hasta la frontera en sí.

Pero yo estaba hablando de Pokhara, tranquila y dulce Pokhara. Nuestros breves días en esta ciudad hacen honor a su estatus de campo base para senderistas. Apenas nos dedicamos a descansar un poco, pasear por la zona, o probar las novedades culinarias que nos ofrece Nepal (unos momos por aquí, un thukpa por allá; ya habrá tiempo de hablar del dal bhat…). Encajado el Lago entre dos montañas, como digo, subimos a ambas a modo de calentamiento.

La Pagoda de la Paz Mundial (nada menos) es un monumento budista blanco y perfecto, sereno, majestuoso pero sin pretensiones. Señal, quizás, de que llegamos a territorio con más presencia budista, religión que en Nepal sustituye al islam como principal minoría. Desde lo alto de la boscosa colina, domina esta parte de la ciudad, y promete bonitas vistas del Himalaya que la intensa bruma no nos deja disfrutar.

Pagoda de la Paz Mundial (Pokhara)

Aquella mañana en la frontera había también algo de bruma, pero más sutil, más estética. Esa bruma que les da a las fotos un aire especial, y que a ti te deja una sensación como de ensueño. Cruzar a pie una frontera es una experiencia singular porque, durante un corto lapso de tiempo, no estás ni en India ni en Nepal. Este paisaje anodino, más de un kilómetro de paseo apacible, con sus lugareños en bici, su ganado, su tranquilidad mañanera, es literalmente tierra de nadie.

Un breve paréntesis onírico entre dos rancias y molestas burocracias. El control de fronteras significa aquí que un funcionario Indio apunte tus datos a mano en un libro enorme y gastado (y te selle la salida en el pasaporte); que otro funcionario (todavía indio) compruebe el sello y apunte tus datos en otro libro enorme; que un funcionario nepalí apunte tus datos en ¡otro! libro enorme (además de cobrarte y sellarte el visado); y, por fin, que el definitivo funcionario nepalí compruebe el visado y te apunte, lo has adivinado, en ¡¡un cuarto y último libro enorme!! Seguro que no se les escapa ni uno.

Entiéndase, pues, que intente quedarme mejor con esta bella imagen de la bruma matutina en tierra de nadie…

Frontera India-Nepal

Si la Pagoda prometió grandes vistas y nos dejó con la miel en los labios, el Sarangkot sí nos deja una imagen para el recuerdo. Se trata de una modesta cumbre al norte del lago desde la que se divisan, y esta vez sí tenemos suerte con el tiempo, las crestas de todo el macizo de los Annapurnas en el Himalaya, con el inolvidable Machapuchare dominando la escena. El camino desde el lago es muy agradable, y las vistas un pequeño aperitivo de lo que nos espera en nuestra inminente caminata. La subida es otra necesaria jornada de ejercicio (toda buena vista exige una buena cuesta) después de tantas horas sentados.

Maria y el Machapuchare (Pokhara)

Después del primer autobús eterno y de la ineficiente burocracia local, todavía nos quedaban energías para afrontar el resto del viaje. Pero no estábamos preparados para lo que nos esperaba hasta llegar a Pokhara.

La primera ciudad nepalí tras la frontera es Mahendranagar. Mucho más insulsa, intuimos, que Haridwar, nuestra experiencia sin embargo no fue muy distinta de la de la ciudad del Ganges. Estábamos allí a las nueve de la mañana, después de una noche movidita. En seguida averiguamos el horario de nuestro autobús: de nuevo, teníamos más de cinco horas libres, y ninguna gana de andar dando paseos con los mochilones a cuestas. Pero siempre hay un ángel salvador aquí: en un cutre restaurante junto a la estación nos dejaron desayunar, quedarnos zanganeando toda la mañana y almorzar, todo por un precio más que razonable. Tuvimos tiempo hasta de ver una peli (nunca imaginé ver Pulp Fiction en lugar más improbable).

Ya sólo nos quedaba un último autobús, e incluso parecía más cómodo que el autobús indio medio. Pero veintiuna horas de carreteras nepalíes… acaban con la paciencia de cualquiera. Las carreteras estaban, a ratos, en un estado deplorable. Pasamos controles del ejército con sorprendente frecuencia. Las paradas para hacer pis fueron mayormente en el arcén en mitad de la nada (en este contexto, una letrina mugrienta acaba convirtiéndose casi en un lujo…). Largas horas en las que no sabes qué hacer, de qué hablar ni, sobre todo, cómo sentarte.

A cambio, Nepal nos regaló sus primeros paisajes: sus campos de arroz, sus barrancos angostos, sus montañas. Claro que, después de dos noches consecutivas durmiendo en autobuses, cuando vuelve a amanecer, ya nos da todo igual. Queremos llegar cuanto antes, como sea.

Pokhara

Anochece ya. Nos terminamos el té y volvemos al hotel dando un paseo por la orilla del lago. Tras 48 horas de viaje, con sus autobuses incómodos, sus chóferes ruidosos, sus interminables horas de espera, su burocracia vetusta… nos llevamos dos conclusiones. La primera es que no es una opción apta para cualquiera. Amantes de la comodidad, absténganse: cojan un vuelo a Katmandú. La segunda es que Pokhara tenía que ser para nosotros ni más ni menos que lo que fue: un descanso y un paréntesis, un coger fuerzas para nuestros planes posteriores (lo cual tampoco es poca cosa). Quizás tenga más personalidad de la que nosotros vimos en ella, pero nosotros no seremos hoy capaces de transmitirla. Prueba, una vez más, de que la experiencia depende ante todo de la actitud y la perspectiva del viajero, por encima de las bondades y bellezas naturales del lugar. Intentaremos volver en mejores circunstancias.