Un pequeño punto de inflexión

Después de los días que pasamos en Pushkar, intensos y agotadores, tuvimos claro que necesitábamos un paréntesis, un descanso. Necesitábamos que, durante unos días, no pasase nada interesante. Y es que hay que aprender a viajar, como a casi todo en esta vida: no se puede estar siempre en la cresta de la ola. Así que en Bundi, nuestro destino elegido, apenas pasó nada. O casi.

Palacio de Bundi

Siempre hay, por supuesto, bellos lugares, vistas de postal. El Palacio de Garh, por ejemplo, es romántico e inolvidable. Pequeño y ocre sobre la ciudad azulada, parece como abrazado a la montaña. “Obra de duendes más que de hombres”, en acertada e inevitable descripción de Kipling.

Siempre hay pequeñas decepciones también. Bundi es célebre por sus baoris: enormes pozos escalonados que servían tanto para recoger agua como para resguardarse del intenso calor de estas tierras. Hay muchos repartidos por Rajastán, en estado de conservación variable. Los primeros que vimos, en una zona céntrica de la ciudad, están verdes, sucios e ignorados.

Krishna y María (Bundi)

Siempre hay personas que se fijan en tu memoria, por una u otra razón. Nunca olvidaremos a Akshay, nuestro cocinero favorito: jovencísimo, trabajador inagotable, siempre alegre y cercano. Y el primero que le hizo a María lo inimaginable: ¡comida estrictamente no picante! Como tampoco olvidaremos a Krishna, que en su pequeño suelo de un metro cuadrado hace el mejor chai de Bundi, si no de Rajastán, aunque a ratos parezca que vive a base de los special chai que tan insistentemente te ofrece (que cada cual imagine lo que llevan).

Paco mirando la cascada (Bundi)

Y siempre hay anécdotas, claro. Esta impresionante cascada, escondida en mitad de ninguna parte, en el rincón más improbable, es un lugar idílico y fresco olvidado entre inacabables campos de cultivo. Para llegar tuvimos que recorrer 30 largos kilómetros (más de una hora) en un rickshaw que hacía que sintieses todos y cada uno de los baches de una de las peores carreteras rurales del país. El viajecito, eso sí, mereció la pena…

…a pesar de los monos. Eran muchas docenas, rondando el inevitable templo de Shiva o rebuscando restos de comida entre las piedras. Y nosotros con varios plátanos en la mochila. En ese típico momento de embelesamiento y conexión con la naturaleza, cómo no, uno de ellos casi nos robó la mochila con todas nuestras pertenencias. Los plátanos nos los comimos con un montoncito de piedras a mano para espantarlos.

Mono rascandose la oreja (Bundi)

Pero yo no quería hablar de esto. Estaba diciendo que en Bundi, en realidad, no pasó gran cosa. Fueron mayormente unos días tranquilos que sirvieron para dos cosas importantes.

La primera fue profundizar en nuestras reflexiones sobre el viaje. Pensar y repensar lo vivido hasta ahora: en qué lugares y circunstancias funcionamos mejor en este mágico país (y en cuáles saldríamos volando de este loco, loco país). Pensar dónde podremos seguir encontrando pequeñas maravillas en este gran viaje, y cómo encauzarlo cuando aquellas parezcan esconderse de nosotros. Pensar en qué paisajes, qué experiencias, qué compañías; y a qué ritmos.

La segunda fue, como consecuencia de todo esto, decidir los siguientes pasos en el camino. No exageramos al decir que apenas hacemos planes concretos con un par de semanas de antelación. Con frecuencia, por supuesto, nos los saltamos.

(Antes de volar a la India María tuvo una revelación fulminante. Hasta ahora, al viajar siempre hemos planeado las fechas, transportes y alojamientos con antelación, y uno o dos días antes hacíamos la maleta. Esta vez ha sido exactamente al revés: pasamos meses planeando el equipaje hasta el último gramo y, sin embargo, el día que partimos no sabíamos dónde estaríamos una semana después, ni cuándo ni cómo llegaríamos allí.)

Al llegar a Bundi teníamos un plan muy impreciso, lleno de agujeros e indecisiones. Lleno de dilemas de los que te asaltan a cada paso. Al fin y al cabo, el mundo está lleno de lugares increíbles que conocer. Constantemente hay que elegir y, por tanto, renunciar. El desierto… las montañas… los baoris… el Taj Mahal… Cómo ordenarlo, qué descartar. Como hemos oído hace poco, “you can do anything, but you can’t do everything” (puedes hacer cualquier cosa, pero no hacerlas todas).

Nuestro merecido descanso en Bundi y, sobre todo, la excursión que hicimos a la cascada, aun con los baches y los monos, nos dieron las pistas. Al fin y al cabo, fue significativo que el mejor momento de estos apacibles días en Bundi lo pasáramos… a 30 kilómetros de la ciudad (que conste que no le echamos la culpa a Bundi, que es encantadora 😉 ). Luego cierto plan que teníamos en Bikaner, ciudad del desierto en la que pensábamos pasar una semana, se frustró de la noche a la mañana.

Estábamos sin plan y sin muchas ganas de alargar más nuestra estancia. Y entonces, de golpe, vimos claro el trayecto a seguir. Es ese extraño momento en que las piezas, justo un momento antes desordenadas sobre la mesa, encajan como por arte de magia. Gracias a Bundi, escribo hoy desde Rishikesh.

Pues esa fue nuestra decisión: renunciar a algunos “imprescindibles”, como el Desierto de Thar (queda para la próxima); retrasar otros, como el Taj Mahal (tranquilo, volveremos para visitarte antes de que acabe este viaje); acelerar hacia el norte y llegar cuanto antes a Nepal. Como ya nos pasó con Monte Abu, pudo más la montaña. Amén de que el invierno se acerca…

Calle de Bundi

A todo hay que aprender, hasta a viajar. Hacemos planes, con frecuencia demasiados optimistas dadas las dimensiones de la India y la lentitud de sus transportes. Así que necesitamos estos momentos para descansar, reflexionar y revisar nuestra ruta. En gran medida esto ha sido Bundi para nosotros: una parada tranquila y un pequeño punto de inflexión en el que no pasó nada (o casi), pero en el que decidimos mucho de lo que iba a pasar en las semanas siguientes.