Una escapada a la montaña

Es difícil explicar nuestra experiencia aquí. Uno querría fotografiar cada rincón y fijar por escrito cada vivencia. Pero suceden demasiadas cosas, tantas que a veces cuesta asimilarlas (no digamos escribir sobre ellas). Esto es así, hay que asumirlo. Buscamos, buscamos todo el rato. A veces, incluso, encontramos. Otras veces es la realidad la que nos busca y nos encuentra, queramos o no.

Después de nuestra cura en cuerpo y alma en Udaipur, llegamos a la conclusión de que preferimos la India pequeñita, las ciudades más tranquilas y manejables. Las urbes agotan, y aquí mucho más. Nos trasladamos, pues, a Monte Abu, un pequeño pueblo en la cresta montañosa más elevada de Rajastán. Buscábamos cierta paz, cierta tranquilidad, cierto silencio. Cosas que no abundan en la India más evidente.

Buscamos todo el rato. Y, a veces, encontramos.

Charles

Es media mañana y estamos descansando sobre una gran roca desde la que se divisa el valle más abajo. Es un terreno llano y fértil, no muy extenso, con sus campos de trigo, sus palmeras, sus manadas de búfalas. En el centro hay una diminuta aldea, antigua y aislada, a la que sólo se accede a pie por un camino forestal.

Hemos amanecido muy temprano para estar aquí. Y hemos tenido que subir una cuesta breve pero intensa para poder disfrutar de estas vistas. No se oye un ruido, lo cual es una grata novedad. Nos tomamos un chai que Charles acaba de preparar en una fogatilla improvisada. Charlamos sobre la naturaleza y los peligros que la acechan, sobre la religión y sobre la vida, sobre nuestras historias y expectativas. Es uno de esos momentos mágicos que ocurren a veces. Un regalo del viaje.

Nos encontramos en una reserva natural única en Rajastán, en la que viven desde osos a leopardos o cocodrilos. A los monos incluso se les puede ver por la carretera llegando al pueblo. Charles es un nativo de la zona, y un sincero apasionado de la naturaleza, que ha conseguido ganarse la vida como guía. Puede entenderse que, sin conocer el lugar, y con fauna de tal calibre, decidiéramos salirnos de nuestro presupuesto habitual para contar con su ayuda. Más allá de esto, resulta ser un tipo honesto, interesante y divertido, con el que pasamos una mañana estupenda.

En Monte Abu encontramos pues ese poquito de paz que andábamos buscando, y que exige alejarse un poco del asfalto. Y, de regalo, una de esas perlas imprevistas que te depara el viaje.

Paco en Mount Abu

Ese día encontramos. Otros, sin embargo, no hay que buscar nada. O más bien, podemos andar buscando algo trivial, como una puesta de sol, y acabar revolcados en la India contradictoria, multicolor, abrumadora.

A veces la realidad nos busca y nos encuentra, queramos o no.

Sunset Point

Una puesta de sol puede ser cualquier cosa menos una puesta de sol.

Sunset Point, como puede adivinarse de su nombre poco imaginativo, es un mirador al que suele ir la gente del pueblo al atardecer. Cuando leímos que era un lugar “concurrido” no nos preparamos para lo que nos esperaba: una multitud propia de una feria, no menos de mil personas y seguramente bastantes más, sin contar con los de los puestos de aperitivos, los vendedores ambulantes, etc.

Puesta de sol (Mount Abu)

Al final, el torrente de experiencias y sensaciones es tal, que lo de menos acaba siendo la puesta de sol en sí, claro.

Y es que la India es triste a veces. Te deja un regusto amargo, difícil de digerir…

Como lo de los carritos. El lugar en cuestión está como a dos kilómetros del pueblo, ascendiendo por una pendiente muy suave. Y es costumbre del lugar, al parecer, recorrer esa distancia en una especie de carritos empujados por esforzados portadores. Dos o tres perezosos lugareños, a veces más, llegan cómodamente al lugar gracias a la fuerza bruta de estos pobres señores que, podemos sospechar, cobran una ridiculez por semejante trabajo. No quisimos saberlo.

Un espectáculo, a nuestros ojos al menos, muy desalentador.

Camino a Sunset Point (Mount Abu)

Otras veces es divertida, sin embargo. Sorprendente, surrealista…

Estamos llegando al mirador, y como digo hay un montón de gente. Y en algún momento vemos un mono entre la multitud. Sí, un mono, y no pequeño. Está dando vueltas nervioso en torno a una señora aún más nerviosa. Al principio parece como si estuvieran jugando. Pero los monos no parecen bichos con los que uno deba jugar.

Al acercarnos más lo vemos, entendemos qué ocurre. Los puestos callejeros a lo largo del camino. La mazorca de maíz que ella intenta esconder. Y el mono que quiere su parte del festín y no se deja marear. No entiendes cómo la señora no ha salido corriendo todavía, el mono le llega por la cintura sin erguirse, y tiene cara de pocos amigos. Al final, a la pobre mujer le puede el susto, claro, y tira la mazorca. El mono se va corriendo y recoge su premio.

Una escena digna de ver, salvo quizás para su protagonista humana.

…a veces es triste, muy triste…

Estar rodeado de vendedores ambulantes empieza a ser costumbre. Tiene algo de pintoresco, porque se vende de todo, desde agua, chai, fruta o aperitivos hasta juguetes, fotos o arreglos para cremalleras y zapatos. Acaban formando parte del paisaje. Puedes imaginar que su vida no es un camino de rosas, que tienen un trabajo agotador y no ganan gran cosa. Pero no lo piensas mucho, en realidad.

La cosa cambia, sin embargo, cuando los vendedores son niños de ocho o diez años. Hay algo terriblemente disonante en estar inmerso en ese momento de ocio de la gente local, todos con sus selfies y sus cocacolas, mientras a la vez sucede esto. Duele no solamente por el trabajo infantil como tal, ya de por sí terrible, sino por el hecho de que parezca estar tan normalizado.

Algo se te remueve dentro cuando ves a un crío como vendedor ambulante, o como atracción de feria… algo muy amargo y muy difícil de ignorar.

Espectáculo callejero (Mount Abu)

…a veces es divertida, a pesar de todo…

Todo el que haya venido por aquí conoce la experiencia: un espontáneo que se te acerca para pedirte hacerse una foto contigo. Ese día somos los únicos extranjeros allí, tenía que ocurrir. Primero son tres o cuatro. Luego la cosa va creciendo hasta ocho o nueve adolescentes, varios móviles haciendo fotos, y nosotros sin saber a dónde mirar. Conseguida la foto nos dan la mano y las gracias, y se van.

Pero todavía no han acabado. Tres minutos después vuelve uno de ellos. Nos pide acompañarlo, y claro, sólo puede significar una cosa. Cuando llegamos hay más de veinte personas esperando. Es como ser una estrella pop (o un mono del zoo). Costumbre pintoresca esta. Inofensiva, divertida a veces, otras cansina. Pero este día se lleva la palma.

Foto con muchos indios (Mount Abu)

Como digo, acabamos en Monte Abu, un lugar poco habitual para el turista extranjero, porque sentimos la necesidad de una escapada a la montaña. Tomar un chai en mitad del campo mientras alejas la vista del presente más inmediato… puede ser un paréntesis necesario en este país que tanto exige psicológicamente. O al menos así lo vivimos nosotros.

Resulta extraño describir estas experiencias, tan dispares, una después de otra sin pausa ni transición. Pero es que, realmente, sucede así. No hay escapatoria. Lo bello y lo desagradable y lo hilarante y lo doloroso… todo se mezcla, constantemente, sin darte respiro ni tiempo para asimilarlo. Por eso abruma y agota y fascina, todo a la vez.