Una pequeña crisis

Hemos pasado siete semanas en la India (y todavía pretendemos dedicarle unos días más de propina). Han sido siete semanas de experiencias inolvidables, de descubrimientos y sorpresas, de reflexiones sobre esta tierra y sobre nosotros mismos. También hemos tenido que lidiar, cómo no, con problemillas varios. Aunque jamás habríamos sospechado cuál iba a ser nuestro mayor contratiempo aquí. No, no nos han robado el equipaje (aunque aquel mono lo intentara). No hemos sucumbido al picante extremo (aunque nuestros estómagos se hayan quejado a veces). No nos ha atropellado un rickshaw, ni hemos pillado el dengue. Nuestro mayor obstáculo, la gran crisis que hemos tenido la oportunidad o mala pata de vivir, ha tenido que ver con unos sucios y manoseados billetes…

Algunos antecedentes rápidos. En la India cotidiana se comercia en efectivo. El billete más grande es el de 1000 rupias (unos 13 euros). Los indios, por cierto, son muy trabajosos con el cambio: intentar pagar 60 rupias con un billete de 100 puede ser una odisea mayor que implique a todos los comerciantes de la calle. Ni que decir tiene que la tarjeta de crédito es un animal mitológico: dicen que existe, pero nadie ha visto nunca una.

Pero vayamos a los hechos.

Delhi

Es martes 8 de noviembre. Nos encontramos en la capital del país, en una escala de unas pocas horas, antes de seguir nuestro viaje hacia Amritsar. Esa noche cenamos rica comida del sur de la India con unos amigos, una pareja encantadora a la que acabamos de conocer. Durante el postre, a él lo llaman por teléfono. Después de una escueta conversación en tamil, nos informa, incrédulo: ¡desde mañana no se pueden usar los billetes de 500 ni de 1000 rupias!

Desconcierto, risas. Parece una broma. Él tampoco acaba de creérselo, pero le ha llamado un familiar expresamente para avisarle. Sorprendentemente, según nos confirman más tarde, resulta ser cierto: hace apenas un rato, el señor primer ministro de la India ha anunciado en aciago discurso que, con el noble objetivo de luchar contra la corrupción y el dinero negro, y en una decisión dura pero necesaria blablablá…, desde el día siguiente los billetes de 500 y 1000 rupias dejan de ser de curso legal.

De repente, de nuestras 4000 y pico rupias en el bolsillo, 3500 ya no valen nada. Es medianoche, y en un rato cogemos el tren a…

Amritsar

Ya os contamos el lado bonito de la inolvidable ciudad de los sij. Ahora viene la cara B.

Es jueves y falta media hora para que abran los bancos. Un servidor hace cola en medio de un mar de turbantes. Recuérdese que los bonachones y pacíficos sij… van siempre armados. Cuando llega la hora van dejando entrar a la gente con cuentagotas. Hay pequeños empujones y pisotones. Tardo bastante en conseguir entrar. Cuando lo hago, un empleado da unas concisas instrucciones en punjabi. Perfecto, todo aclarado…

Después de dar vueltas y preguntar, me entero más o menos del procedimiento. Mostrador A, mostrador B, entregar el dinero antiguo, recibir rupias recién impresas: fácil. Pero lento, claro: pasa casi una hora hasta que llega mi turno. Y resulta que… “no, sir”, extranjeros al mostrador C. Me desespero progresivamente. Me pasan de hecho con el jefazo de la sucursal (qué detalle). Por supuesto faltan papeles. Tengo que irme, hacer fotocopias, volver, esperar un rato más. Finalmente, después de dos horas de colas y burocracia, me voy con mis rupias válidas en el bolsillo.

Esto simplifica la situación. Hasta entonces todo había sido algo más complicado. Intentamos convencer al del hotel para pagar con tarjeta de crédito, por ejemplo. No hubo manera, pero “para cuando nos vayamos ya habrán abierto los bancos y todo esto se habrá arreglado” (sí, eso nos dijo…). Con los restaurantes resultó ser más fácil, porque el único del barrio que acepta tarjeta puso raudo un orgulloso cartel informativo en la puerta. Lo visitamos a menudo en nuestros días allí.

Por lo demás, hasta conseguir algo de dinero nuestra estancia en Amritsar fue sopesar cada rupia: las 5 por plátano o las 20 de una botella de agua. Después de conseguirlo, sobrevivir dos días más no resulta difícil, aunque por más que lo intentamos no conseguimos sacar más dinero de ningún cajero. Tras otro tren nocturno, el sábado llegamos a…

Rishikesh

El panorama es desolador: domingo, 10 de la mañana; colas en todos los bancos, conversaciones apresuradas, informaciones contradictorias; turistas deambulando como alma en pena por la ciudad, al acecho de algún indicio esperanzador; los empleados nos dan estimaciones imprecisas, del tipo “en un par de horas quizás llegue algo de dinero”; otros dicen que no llegará nada hasta la tarde. Hay todo tipo de estrategias: los hay que se colocan en un cajero dispuestos a esperar todo el día a que lo abran, otros que aseguran que en el banco del centro del pueblo es más probable que haya dinero. La preocupación no es para menos: hablamos con gente que tiene apenas 20 o 30 rupias.

Nosotros llegamos aquí, oh afortunados, con unas 400 rupias en el bolsillo (casi 6 euros). María, por cierto, llegó mala. Pero en la India las cosas parecen resolverse solas. El propietario de nuestro hotel nos invitó a comer los dos primeros días, e incluso le hizo sopitas expresamente a la enferma.

La tarde del domingo María se desespera y decide súbitamente salir a buscar dinero otra vez. Se recorre el pueblo de arriba abajo, pero los cajeros están todos cerrados; algún usurero le intenta colar dinero, cobrándole un suculento interés a cambio; y al final… la gran esperanza: ¡una larga cola delante de un cajero! Como parece que funciona, se planta a hacer cola. Está casi una hora allí, hasta que el cajero deja de funcionar. Pánico, risas nerviosas, sudores fríos. Tarda unos interminables minutos en volver a arrancar. Y por fin, después de más de una hora en la cola y más de dos desde que salió del hotel, ¡consigue dinero!

A partir de entonces, no es que la cosa mejore, pero nos lo tomamos mejor. Tenemos que gestionar con cuidado el dinero, y cambiar a un hotel que acepte tarjeta. Dar un rodeo por los cajeros del barrio cada vez que salimos se convierte en una rutina. Y, haciendo de la necesidad virtud, decidimos que nuestro plan de viajar a Nepal… es más oportuno ahora que nunca.